¿Y si cada uno de los 3.200 alcaldes del PP acogieran a 3 de los migrantes llegados a Ceuta?

Opinión04/09/2026 José Luis Romero Pacheco

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A mar revuelto todos sacamos provecho o nos posicionamos con beneficiarios circunstanciales a los que prestamos nuestro apoyo, sin pararnos a pensar si son merecedores de tan generosa y desprendida dádiva o conscientes de que pudiera reportarnos algún tipo de beneficio, cuando lo complejo se minimiza o banaliza y las aristas se desprecian en pro de una visión concéntrica sesgada e interesada.

Que 80.000 personas irrumpan de manera súbita, espontánea, organizada, aleccionada, consentida, permitida o desbordada en una ciudad, supone, en primer lugar, una intromisión ilegítima que provoca una situación caótica en la tranquilidad, coexistencia y normalidad de sus habitantes, lo cual genera rechazo, zozobra y perjuicio cierto o potencial, por lo que la protesta y el rechazo, así como urgir y reclamar la normalidad, es una actitud lógica con la que todo el mundo muestra solidaridad.

Independientemente del calificativo que, con mayor o menor fortuna o intencionalidad y rédito se pretenda, el que se trate de flujo migratorio, invasión territorial, guerra híbrida o desesperación ante la miseria del presente y el futuro mejor incierto, este hecho no es casual ni novedoso. Ya sea la frontera terrestre o el método alternativo utilizado, no es un fenómeno exclusivo ni excluyente de nuestro territorio peninsular o insular o ciudades autónomas del norte de África, sino que se extiende a un sin fin de países receptores de migrantes de países origen en los que la pobreza o inseguridad o las guerras generan deseo de mejora y destino no siempre posible de una vida mejor.

Todos conocemos el problema migratorio, cuya única novedad en lo acaecido en Ceuta está en la concurrencia de una multitud en un breve espacio temporal, pero el problema lo generan la desigualdad y la falta de oportunidades que abocan a los que la sufren a abandonar sus lugares de origen, dejando atrás sus familias, sus raíces y sus señas de identidad, y se abocan a un viaje incierto con la única certeza de que la desesperanza y las dificultades pueden arrancarle no solo la ilusión sino poner en juego la propia vida.

Esta realidad que aboca a un éxodo migratorio incesante es en sí mismo generadora de preocupación constante de los países desarrollados, que no pudiendo absorber ni permitir esas migraciones, establecen todo tipo de tratados con estados fronterizos o blindan sus fronteras y rechazan cualesquiera intentos de intromisión de migrantes en territorios nacionales; salvo que necesidades de los sectores productivos primarios o industriales o asistenciales de los países receptores, consientan o permitan la acogida laminada de aquella mano de obra necesaria para atender a dichos sectores.

Por lo que las autorizaciones o legalizaciones son siempre excepcionales y el resto sometidos a expedientes de expulsión, que la mayor parte de las veces, son extrañamientos a un limbo que alentará un nuevo intento de entrada ilegal en el país que sea mal permeable, por acción u omisión.

Ceuta ha vivido en primera persona un hecho insólito pero no inaudito, pues los problemas migratorios, en menor número, los viene sufriendo desde hace décadas y los intentos de irrupción de migrantes atravesando la línea fronteriza con Marruecos son recurrentes y demasiado frecuentes, a pesar de los acuerdos de control de flujos existentes entre la Comunidad Europea y el reino alauita, que resultan insuficientes y nos haría temer lo que ocurriría de no mediar estos convenios que a veces se soslayan con intenciones políticas y territoriales, que de sobra conocemos.

El que, de las 80.000 personas, por razones diversas, sean las que fueren, permanezcan en la ciudad autónoma unas 8.000 personas, puede parecer insuficiente y, de hecho, aunque en menor número, el problema es de gran talado y lamentablemente de solución no inmediata, pues ni se puede expulsar sin garantías ni abandonar o no prestar ayuda o asistencia a estas personas necesitadas, cuyo único nexo es el objetivo común de una vida mejor. Sus singularidades, necesidades, atenciones y expectativas son un puzle de difícil e inmediato encaje.

En este orden de cosas, una crisis humanitaria, debidamente instrumentalizada por los actores políticos y sus instrumentos mediáticos, se convierte en una cuestión compleja y tendenciosa, en la que los muertos y los migrantes, de víctimas pasan a ser agresores, atentando la integridad nacional alentados por los deseos anexionistas de Marruecos, sentando la premisa de la preparación y organización del país alauita, sin que exista certeza ni fehaciencia alguna de dicha aseveración, permitiendo a la derecha política enarbolar la defensa territorial de Ceuta, cuya españolidad solo está en entredicho en la estrategia política de la derecha, que ha querido convertir un problema migratorio, en una cuestión de amor patrio a la que son tan aficionados como a la fiesta nacional. Y en lugar de ofrecer soluciones y cooperar activamente con el gobierno en un problema de estado, enarbolan la soberanía nacional y, con soflamas y concentraciones, reclaman la españolidad de Ceuta que solo ellos han puesto en tela de juicio y en defensa de esta entelequia, llevan a plantear una crisis con Marruecos, país con el que nos unen lazos históricos e intereses mutuos de tal calado, que cualquier alteración del estatus quo nos reportaría daños irreparables a los dos estados, en los que la reivindicación soberana de las ciudades españolas no deja de ser un mero manifiesto semántico.

La respuesta del Gobierno a la crisis humanitaria provocada por el caos migratorio, quizá no sea lo rápida y efectiva que los ceutíes y todos los españoles deseamos, pero es innegable que se está atendiendo y dando respuesta, dentro de las posibilidades y de los requerimientos y requisitos exigibles y, sin lugar a dudas, se alcanzará la normalidad deseada a pesar de la falta de apoyo o negativa a facilitarlo por parte de la oposición PP-VOX, que juegan a otra cosa, instrumentalizando a su favor, el ruido y la confrontación, en lugar de haberse volcado con los ceutíes para aunar esfuerzos y obtener una rápida normalización del tono vital de la ciudad.

Así, con críticas al gobierno y sin prestar ayuda alguna, PP y VOX apelan a un eslogan de “¡todos con Ceuta, menos ellos!”. Pues solo en el caso del PP convocante de la manifestación concentración de apoyo a Ceuta, hay que recordar que gobierna en 3200 municipios, de manera que, en lugar de arengas, soflamas y concentraciones, solo tenía que ofrecerse a acoger a poco más de dos personas en cada municipio en el que gobierna y resuelto el problema, y así podría haber demostrado ser un partido solidario con Ceuta.

Por otro lado, es innegable el éxito de participación en la convocatoria de las concentraciones auspiciadas por la derecha española de PP y VOX, quienes a través de sus aparatos de propaganda y con la colaboración de los mass media y redes sociales próximos o afines, adornaron y solaparon sus verdaderas intenciones de acoso al Gobierno por la gestión del problema ceutí, fuese la que fuese, bajo el eslogan de defensa y solidaridad con Ceuta, que alentó la participación de muchas personas que, no siendo afines a dichas formaciones políticas, quisieron mostrar un sentimiento solidario con la ciudad y con el problema planteado, reclamando prontas soluciones, pero que, de manera voluntaria pasarán a engrosar las apropiaciones estadísticas de los convocantes, a los que les interesaba más el ruido que las nueces.  

Nada ni nadie ha cuestionado la nacionalidad ni la españolidad de Ceuta, que al igual que la bandera, son la frustrada obsesión patrimonialista de la derecha española, que no duda en enarbolar como eslóganes y símbolos partidistas lo que pertenece a todo el conjunto de los españoles, sea cual sea la condición, origen, pensamiento o adscripción política de cada uno de los casi 48 millones de españoles que somos y nos sentimos españoles y solidarios con Ceuta y también con los más necesitados, independientemente de donde provengan.

 

José Luis Romero Pacheco, abogado

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