

Veo con cierta satisfacción cómo los influencers empiezan a perder peso. No poder, porque ese nunca lo tuvieron. Pierden algo mucho más importante para ellos: atención.
Durante demasiado tiempo, algunos han confundido un teléfono móvil con una tribuna, un puñado de seguidores con autoridad y unos cuantos «likes» con prestigio. Han terminado convertidos en los políticos de guardia de su propio mundo: opinan de todo, saben de todo y tienen respuesta para cualquier cosa. Incluso cuando nadie se la ha pedido.
Hablar es fácil. Opinar, todavía más. Lo complicado es hacer. Y más aún trabajar.
Algunos descubrieron que exhibirse podía ser una profesión y acabaron exhibiéndolo todo: sus supuestas soluciones, sus escasas ideas, sus contradicciones y hasta su particular manera de entender la vida. Cuanto más se muestran, más evidente resulta lo que hay detrás. Menos contenido, menos criterio y menos credibilidad.
Porque el problema de vivir permanentemente expuesto es que, tarde o temprano, se termina viendo demasiado.
Señalar a los demás mientras se evita cualquier señalamiento. Cambiar de discurso según convenga. Adaptarse al ambiente. Buscar siempre el foco. Mudar de piel como un camaleón para no desaparecer del escaparate.
Puede servir para acumular atención. Difícilmente sirve para construir respeto.
Y ahí está la diferencia entre ser conocido y ser relevante.
Algunos han disfrutado de su minuto de gloria como si fuera una condena perpetua del resto a seguir mirándolos. Pero el foco no pertenece a nadie. Se enciende y se apaga. Los seguidores se marchan. Los algoritmos cambian. El público se cansa.
Y entonces llega el despertar.
Ese momento incómodo en el que el personaje descubre que no era tan importante como pensaba. Que detrás del ruido no siempre había influencia. Que detrás de tanta exposición no necesariamente había una propuesta. Y que cuando desaparecen los aplausos queda algo mucho menos amable: el resultado de lo que realmente se ha hecho.
Quizá ahí empiecen a comprender que nuestro tiempo no era suyo. Se lo dimos. Les regalamos minutos, atención y audiencia. Y algunos han utilizado ese regalo para convencerse de que eran referentes cuando, en realidad, simplemente estaban delante de una cámara.
Al final, quizá solo queramos gente normal. Personas que no necesiten convertirse en personajes para sentirse importantes.
Los falsos referentes también comprobarán que la popularidad tiene fecha de caducidad. Que el aplauso no es patrimonio de nadie. Y que construir una identidad sobre la apariencia suele tener un problema: cuando desaparece la apariencia, queda la identidad.
Ese será el verdadero y triste despertar.
Descubrir que el personaje sobrevivió al minuto de gloria, pero no a la realidad.
Porque hasta el escaparate más grande termina enseñando lo que hay detrás.
Y el tiempo, que no necesita seguidores, filtros ni algoritmos, acaba haciendo lo que siempre hace: poner a cada uno exactamente donde merece estar.









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