Rodri mata el relato

Opinión07/08/2026Luis Miguel MoralesLuis Miguel Morales

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El Real Madrid atraviesa una de esas crisis que no empiezan en el césped, sino en los despachos. Está senil. Cuando un club deja de gobernarse por un proyecto y pasa a hacerlo a golpe de impulsos, el resultado siempre es el mismo: improvisación, desconcierto y decadencia. Eso es, precisamente, lo que transmite hoy la entidad que preside Florentino Pérez.

La esperpéntica rueda de prensa del presidente retrató a un club envejecido, anárquico y completamente desconectado de la realidad, convencido de que el prestigio del pasado basta para imponer respeto en el presente. Pero el fútbol ya no funciona así. En un club sin rumbo, nadie parece dispuesto a llevar la contraria al llamado Ser Superior. Disparar a las moscas a cañonazos, abrir frentes contra todo el mundo y convertir cualquier crítica en una conspiración solo demuestra que el sectarismo y el ego de Florentino Pérez no le permiten ver más allá de Concha Espina. La autoridad no se hereda; se conquista cada temporada. Y el Madrid hace tiempo que dejó de intimidar por sus decisiones.

La pérdida de Rodri es mucho más que un fracaso de mercado. Es la constatación de que el club ya no seduce como antes. Ver cómo el mejor centrocampista del mundo elige otro camino debería haber hecho saltar todas las alarmas en Valdebebas. Rodri no eligió el dinero. Eligió el proyecto. Eligió seguir jugando con los mejores, seguir ganando y seguir siendo admirado desde el fútbol. No hay más. Y eso es, precisamente, lo que más duele: perder frente a un proyecto, no frente a un talonario. La respuesta, sin embargo, ha sido la de siempre: negar la evidencia.

Ni siquiera el fichaje más caro de la historia del club ha conseguido disipar la sensación de fracaso que recorre buena parte del madridismo, consciente de que se afronta otra temporada sustentada en una apuesta económica descomunal para una entidad cuya fortaleza financiera ya no parece tan incontestable.

Lejos de hacer autocrítica, Florentino Pérez ha decidido redoblar la apuesta. La renovación multimillonaria de Vinicius simboliza mejor que ninguna otra decisión el rumbo que ha tomado el club. Nadie cuestiona el extraordinario talento del brasileño. Lo que muchos cuestionan es que el Real Madrid haya consentido durante demasiado tiempo una actitud insolente, inmadura y permanentemente instalada en la confrontación.

Un futbolista extraordinario al que el presidente ha terminado convirtiendo en intocable. El Real Madrid siempre presumió de que ningún jugador estaba por encima del escudo. Hoy da la sensación de que el escudo se ha puesto al servicio de uno solo.

Desde el episodio del Balón de Oro, cuando Vinicius escenificó su frustración al conocer que el galardón sería para Rodri, el Madrid ha encadenado decisiones erráticas, conflictos innecesarios y una pérdida constante de liderazgo.

El club ha dejado de controlar el relato y, lo que resulta aún más preocupante, transmite la sensación de haber perdido también el control del vestuario.

El supuesto golpe de efecto con el regreso de José Mourinho tampoco transmite la imagen de un gigante que planifica, sino la de una institución que busca desesperadamente un salvador. Es la decisión de quien mira más al retrovisor que al futuro. Mourinho no vuelve para construir; vuelve para confrontar. Es el combustible perfecto para la estrategia de Florentino Pérez. Embarrarlo todo, tensionar el ambiente y convertir cada derrota en una guerra externa volverá a ser el guion del portugués. Ya se ha visto antes. Y el desenlace también. Acabará como terminaron sus últimos proyectos. Al tiempo.

Ese es el verdadero drama del madridismo. El problema ya no es el Barcelona; el problema es que el Real Madrid vive obsesionado con el Barcelona. La tentativa por Julián Álvarez, los movimientos precipitados y las decisiones tomadas más por orgullo que por convicción evidencian que el club ha dejado de marcar el paso para limitarse a perseguir al rival.

Mientras Hansi Flick construye un equipo reconocible y ganador, el Madrid responde con golpes de efecto y volantazos.

Y hay un dato que mata cualquier relato. En la peor crisis económica de su historia reciente, con límites salariales asfixiantes, palancas financieras y una deuda que amenazaba la viabilidad del proyecto, el Barcelona ha hecho exactamente lo contrario de lo que muchos pronosticaban. No solo se ha rearmado deportivamente. Ha vuelto a convertir La Masia en la columna vertebral de una selección española campeona del mundo y de Europa. Ha recuperado la mejor cantera del fútbol mundial. Ha sacado otra generación de futbolistas llamados a marcar una época. Y, al mismo tiempo, ha reconstruido el Camp Nou para devolver al club el estadio más grande de Europa. Son hechos. No relatos.

Mientras el Barcelona levantaba un proyecto desde la escasez, el Real Madrid, con una posición económica infinitamente más sólida, ha entrado en una espiral de decisiones impulsivas, fichajes reactivos y guerras innecesarias. Esa comparación es demoledora. Porque desmonta el discurso de la superioridad en la gestión que durante años acompañó a Florentino Pérez. Hoy el Barça marca el rumbo deportivo. El Madrid responde a golpe de talonario, de titulares y de orgullo.

Florentino Pérez fue durante dos décadas el dirigente más poderoso del fútbol europeo. Su legado es incuestionable. Precisamente por eso resulta tan llamativo comprobar cómo quien revolucionó el mercado parece hoy incapaz de interpretar hacia dónde camina el fútbol. El hombre que construyó un imperio corre el riesgo de convertirse en el principal obstáculo para su renovación. Su gran enemigo ya no es el Barcelona. Es la convicción de que sigue teniendo siempre razón.

Los grandes presidentes no suelen caer por falta de títulos. Caen cuando dejan de escuchar, cuando confunden autoridad con infalibilidad y cuando el ego termina imponiéndose al criterio. El Real Madrid transmite hoy esa peligrosa sensación de soberbia que suele preceder a las grandes caídas. Porque la historia del fútbol demuestra que ningún club, por poderoso que sea, está por encima del paso del tiempo.

Quizá el problema del Real Madrid ya no sea deportivo. Quizá tampoco sea económico. Quizá sea institucional. Porque cuando un presidente acaba creyéndose más importante que el propio club, el principio del fin suele estar mucho más cerca de lo que él mismo imagina.

Durante dos décadas Florentino Pérez fue el mayor activo del Real Madrid. Hoy empieza a parecer su mayor problema. Porque los grandes clubes sobreviven a los jugadores, a los entrenadores y también a los presidentes. El Real Madrid no será una excepción.

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