Irán: mujeres sometidas, disidentes castigados… y Europa apelando al Derecho

Opinión02/03/2026 Joaquín Bernal Rodríguez
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Escribo desde el sur. Desde esa esquina del mapa donde el viento de Levante te despeja las ideas y el Estrecho recuerda cada día que las fronteras no son teoría, sino realidad. Me sirvo un par de dedos de Chivas, enciendo el mismo Montecristo de las grandes ocasiones —una costumbre que empieza a convertirse en un grato hábito cada vez que un tirano cae— y me siento a observar cómo la historia ajusta sus cuentas. En el Campo de Gibraltar sabemos bien lo que ocurre cuando el Estado duda, cuando la ley titubea y cuando el poder efectivo lo ejercen quienes no deberían.

El 28 de febrero de 2026 amaneció en Teherán con un silencio extraño. No el del miedo, sino el que sigue al derrumbe. Tras la operación militar conjunta de Estados Unidos e Israel, el complejo del Líder Supremo quedó reducido a escombros y con él la cúpula que durante décadas sostuvo el régimen encabezado por Alí Jamenei. En cuestión de horas, una estructura de poder que parecía eterna se reveló frágil.

Las imágenes recorrieron el mundo y, mientras el humo azulado del puro dibujaba sus clásicas espirales en el aire de mi despacho, veía en la pantalla a mujeres caminando sin velo por la avenida Vali-e-Asr, jóvenes quemando retratos del dictador, fieles saliendo de iglesias domésticas sin temor a la redada nocturna. No eran escenas románticas. Eran el síntoma de algo más profundo: el miedo había retrocedido.

Desde Bruselas, la reacción fue la de siempre. El Alto Representante, Josep Borrell, recordó la defensa del Derecho internacional y del orden multilateral. Una fórmula impecable, neutra, aséptica. El problema no es lo que se dijo, sino lo que no se afronta.

El Derecho internacional nació para limitar la fuerza, pero también para proteger a las personas. Cuando un régimen convierte la ley en instrumento de dominación —matrimonio infantil tolerado, tutela masculina para viajar, desigualdad legal en herencias, imposición penal del hiyab desde la infancia— la soberanía deja de ser un valor absoluto y se convierte en coartada. La muerte de Mahsa Jina Amini en 2022 no fue una anomalía; fue la consecuencia lógica de un sistema que había codificado la inferioridad de la mujer.

A eso se sumó la persecución de minorías religiosas, arrestos por organizar oraciones en domicilios particulares, condenas desproporcionadas por «propaganda» y una maquinaria penal diseñada para sofocar la conciencia. Cuando el Estado usa el Código Penal como arma contra la libertad, el debate ya no es técnico: es moral.

En el sur de España entendemos algo que a veces se olvida en los despachos climatizados. La ley que no se aplica es papel mojado. Lo hemos visto con el narcotráfico, con la economía paralela, con la sensación de abandono institucional que se filtra cuando el poder legítimo se inhibe. La norma sin respaldo real pierde autoridad. Y cuando la autoridad legítima se debilita, otros ocupan su lugar.

La Carta de Naciones Unidas prohíbe el uso de la fuerza, pero reconoce la legítima defensa. La doctrina de la Responsabilidad de Proteger introdujo una idea incómoda: la soberanía implica deber. Si un Estado falla gravemente en proteger a su población —o es su verdugo— la comunidad internacional no puede refugiarse eternamente en comunicados. El multilateralismo bloqueado por vetos estratégicos corre el riesgo de convertirse en el mejor aliado involuntario de la tiranía.

La intervención de febrero de 2026 será discutida en foros jurídicos durante años. Habrá análisis sobre su encaje en el artículo 51, sobre la autodefensa anticipatoria, sobre la proporcionalidad. Todo eso es necesario. Pero mientras los expertos debatían, mujeres respiraban sin miedo por primera vez en décadas y creyentes abrían las puertas de sus templos sin temer la irrupción nocturna.

Existe una paz que es silencio de cementerio. Y existe otra que exige asumir costes. Europa corre el riesgo de confundir estabilidad con justicia y equidistancia con superioridad moral. La historia suele ser implacable con ese tipo de confusiones.

El verdadero liderazgo no consiste en encadenar declaraciones solemnes, sino en entender cuándo la inacción también tiene consecuencias. El orden jurídico occidental —constituciones, tribunales, declaraciones de derechos— descansa sobre una premisa incómoda: la ley necesita respaldo efectivo. Sin fuerza legítima que la sostenga, la norma se degrada en consejo. Sin norma que limite la fuerza, aparece la tiranía.

El amanecer de Teherán no es solo una noticia internacional más entre titulares fugaces. Es una advertencia. El derecho que no protege a la mujer humillada, al creyente perseguido o al disidente encarcelado acaba perdiendo legitimidad. Y las sociedades que se acostumbran a mirar hacia otro lado terminan pagando un precio más alto del que imaginaron.

Desde este sur donde el mar nos recuerda cada día que el mundo es ancho y peligroso, apuro el vaso de whisky, dejo morir la brasa en el cenicero y conviene no olvidar una lección antigua: la libertad no se mantiene sola. Requiere convicción, coraje y, en ocasiones extremas, determinación.

Europa deberá decidir si quiere ser notaria elegante de los conflictos ajenos o garante real de los valores que proclama. La diferencia no se escribe en comunicados. Se mide en vidas.

Joaquín Bernal Rodríguez - Abogado

 

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