



Amanece en Algeciras con una de esas lluvias bíblicas que convierten el Estrecho en una cortina gris de agua y plomo, y entra por la ventana esa luz sucia, desangelada, que tienen los días de invierno cuando el cielo parece querer desplomarse sobre las grúas del puerto. No me había tomado todavía el segundo café de la mañana, peleando con la modorra y con la humedad que se te mete en las viejas heridas, cuando he visto el rótulo rojo parpadeando en la pantalla del televisor.
Me he quedado quieto un momento, con la taza a medio camino de la boca, mirando las imágenes que llegaban desde el otro lado del charco, y he sentido esa especie de calambre eléctrico que te recorre el espinazo cuando la historia, que suele ser una vieja puta perezosa y repetitiva, decide de pronto ponerse el traje de faena y ajustar cuentas. He dejado el café sobre la mesa, que a estas horas ya me parece un insulto a la magnitud del acontecimiento, y he gritado hacia el pasillo: "Cari, tráeme el Chivas. Y no escatimes".
Porque hay mañanas que no piden cafeína, sino algo que queme al bajar y asiente el alma, y esta es una de ellas.
Mientras busco la caja de puros —esos Montecristo que guardo como oro en paño para las ocasiones en las que los buenos ganan, o al menos para cuando los malos pierden, que no es lo mismo pero se le parece bastante—, pienso que el año no ha podido empezar mejor. Afuera arrecia el temporal, golpeando los cristales con furia, pero aquí dentro, con el vaso de whisky en la mano y el humo azulado empezando a dibujar espirales en el aire, se respira una paz antigua, la del deber cumplido por otros.
Llamo a mis amigos, a los viejos compadres con los que he discutido mil veces sobre la inmutabilidad de los tiranos, para decirles que pongan las noticias, que ya era hora, que el castillo de naipes se ha venido abajo. Y lo ha hecho como lo hacen siempre estas cosas: no con la épica romántica de las novelas, sino con la contundencia sucia y real de la fuerza bruta.
La "Operación Martillo de Hierro", la llaman los gringos. Al final, todo se reduce a un puñado de profesionales haciendo su trabajo bajo la lluvia y el fuego, aplicando esa cirugía expeditiva que es la única que entienden los que han vivido pisoteando leyes y constituciones.
Veo a Nicolás Maduro en la pantalla y no veo al libertador que él creía ser, ni al estadista incomprendido. Me imagino a un tipo asustado, acorralado como una rata en una trampa de agua, buscando una salida que sus propios aduladores le tapiaron hace tiempo. Me recuerda a Sadam Hussein saliendo de aquel agujero en Tikrit, desgreñado y sucio, o a Gadafi suplicando clemencia en una tubería de desagüe. Es el destino inexorable de los mediocres con delirios de grandeza: terminar sus días huyendo en pijama o escondidos en un sótano, traicionados por esos mismos generales que ayer les juraban lealtad eterna mientras calculaban el precio de su cabeza en dólares. Inter arma enim silent leges, decía Cicerón. Entre las armas, las leyes callan. Y menos mal que callan, pienso mientras le doy un sorbo largo al Chivas, porque la Justicia con mayúsculas es a veces demasiado lenta y remilgada para limpiar la mugre que se incrusta en los sillones presidenciales. Hoy no hay recursos de amparo ni palabrería diplomática; hoy hay marines en Miraflores y un tirano que descubre, demasiado tarde, que el poder no era un derecho divino, sino un préstamo a muy alto interés que acaba de vencer.
La lluvia sigue cayendo sobre Algeciras, borrando el horizonte de África, y esa luz sucia del Levante parece ahora un poco más limpia, lavada por la certeza de que, al menos por hoy, el mundo es un lugar un poco menos estúpido. Me sirvo otro dedo de whisky, enciendo de nuevo el puro que se me había apagado con la emoción y brindo en silencio, con esa sonrisa torva y satisfecha del que ha visto muchos naufragios y sabe apreciar cuando el mar se traga, por fin, al capitán pirata. Mañana tocará hablar de reconstrucción, de rencores, de la difícil resaca que deja el caos; pero eso será mañana. Hoy toca celebrar que el baile se ha acabado, que la música se ha detenido de golpe y que el último vals del tirano ha sido, para regocijo de los que aún creemos en cierta higiene histórica, un paso en falso definitivo.
Joaquín Bernal Rodríguez, abogado






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