

El Señor del Puerto ya tiene inaugurada su casa de hermandad. Una buena noticia para la hermandad, sus hermanas y hermanos y para una ciudad que necesita asociaciones, clubes y entidades capaces de sacar adelante proyectos colectivos.
Pero una cosa es celebrar lo conseguido y otra decidir quién merece
ocupar el centro de la fotografía. A mí, sinceramente, en esa
inauguración, me sobró el alcalde y la medalla concedida. Y si me
apuran, hasta me sobró el confesor de mi "hermano" el alcalde. No porque no tengan su lugar, sino porque creo que el protagonismo debía haber
recaído en Francisco Fuentes, anterior hermano mayor.
Y no lo digo para hacerle la pelota a nadie. Lo digo porque reconocer el
trabajo de las personas debería ser bastante más sencillo que repartir
honores entre quienes ostentan un cargo público.
Durante la etapa de Francisco Fuentes se impulsaron proyectos
importantes para la hermandad. Ahí está la restauración del Nazareno,
con la intervención de Miñarro, un destacado trabajo artístico y
patrimonial. También el paso de misterio, cuyo proyecto comenzó a
desarrollarse durante su mandato. A ello se suman el 450 aniversario,
los actos conmemorativos y una casa de hermandad que hoy es una
realidad.
Detrás de todo eso hay gestión, decisiones y muchas horas de trabajo que no suelen aparecer en las fotografías. Porque una hermandad no es
solamente lo que vemos en la calle durante la Semana Santa. También es actividad cotidiana, convivencia y labor social. Y aquí conviene hacer
una precisión: personalmente, defiendo una solidaridad horizontal,
basada en la igualdad y los derechos, frente a una concepción de la
caridad que puede establecer una relación desigual entre quien da y
quien recibe. Pero esa diferencia ideológica no me impide respetar a
quienes, desde sus convicciones religiosas, trabajan sinceramente por
los demás. Se puede discrepar de una manera de entender la solidaridad y reconocer, al mismo tiempo, el compromiso de quienes la practican de buena fe. ¡Ome por favó!
Las ciudades también se construyen gracias a quienes entrenan a
chavales, mantienen asociaciones vecinales, sostienen clubes deportivos o dedican años a sus hermandades. Personas que trabajan sin esperar medallas, homenajes ni cámaras delante. Francisco Fuentes, me consta, ni lo hizo ni lo hace por esos motivos, lo hace por sus titulares, su y sus creencias religiosas.
Sin embargo, algunos parecen descubrir el valor del compromiso colectivo con especial intensidad cuando hay una inauguración. A veces, hacerse la fotografía con una obra terminada resulta bastante más cómodo que acompañar todo el proceso.
Francisco Fuentes lleva dos legislaturas fuera del cargo de hermano
mayor. Precisamente por eso, creo que corresponde reconocer su etapa y los proyectos que se impulsaron durante aquellos años. Sin restar mérito a quienes trabajan actualmente por la hermandad, pero sin borrar tampoco la aportación de quienes estuvieron antes.
También conviene que los reconocimientos institucionales sean claros.
Cuando se distingue a un representante público, es legítimo preguntarse qué se está agradeciendo exactamente. Con más énfasis, si la casa de hermandad tiene su hipoteca y sus compromisos financieros, como parte de su propia realidad económica, no por nada pero se evitan
interpretaciones equivocadas sobre quién ha financiado la obra y quién
ha trabajado para hacerla posible. Más si cabe, cuando alguno termina de cargo de confianza y dedica las "levanta" no al alcalde sino al amigo".
Más si cabe, si se hace constantemente ese tipo de "guiños" y muchos
terminan de apoderados en las mesas electorales.
El alcalde puede ser alcalde y el sacerdote puede ocupar el lugar que le
corresponda. Pero ningún cargo convierte automáticamente a su titular en protagonista de todo lo que se inaugura.
Yo habría dado a Francisco Fuentes un lugar preferente y la oportunidad
de tomar la palabra. No por amistad, afinidad ideológica ni compromiso
personal. Por justicia. Porque antes de mirar quién ha acudido a hacerse
la fotografía, conviene recordar quién ha trabajado para que hubiera
algo que inaugurar.
Quienes dedican años a sacar adelante proyectos colectivos no suelen
hacerlo para recibir reconocimientos. Pero que no los busquen no
significa que no los merezcan.
Y si reconocer el esfuerzo ajeno también es una forma de solidaridad,
quizá deberíamos practicarla un poco más. Incluso cuando el protagonista no ocupa un cargo público, no comparte nuestras ideas o, sencillamente, no sale en la fotografía.
En la inauguración de la casa del Nazareno, ese reconocimiento tenía
nombre y apellidos: Francisco Fuentes, anterior hermano mayor.
Sin peloteo, sin favores y sin deberle nada a nadie. Simplemente, porque el trabajo merece ser reconocido.
El de arriba lo sabe y su madre también.































