Adopta a un pepero

Con guasa, pero en serio28/09/2026 Juaky Bellido

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Hay que reconocerlo: los cargos del PP sufren. Sufren muchísimo. Sufren ellos, sus familias, sus amigos, sus parejas y, a este paso, hasta el vecino del quinto. Y uno, que tiene su corazoncito, empieza a pensar que esto necesita una solución de Estado: adopte a un pepero. Porque parece que ahora preguntar por un político, por sus relaciones institucionales, por los contratos públicos que dependen de su área o por las personas que aparecen alrededor de determinadas operaciones económicas se ha convertido en una especie de atentado contra los derechos humanos. Hombre, tampoco nos pasemos. Una cosa es acosar injustamente a la familia de un cargo público, que está mal y punto, y otra muy diferente es pretender que cualquier pregunta sobre el poder es una persecución personal. Ahí está el truco: se mezcla deliberadamente la intimidad con la responsabilidad pública y, de repente, fiscalizar un contrato público parece equivalente a entrar con una cámara en el dormitorio de alguien. Pues no. Cuando se investiga el poder, se controla el poder. Y eso, aunque moleste, es bastante democrático.

Miremos el caso de Germán Beardo. No estamos hablando de cotilleos de peluquería. Estamos hablando de una investigación judicial en la que la Guardia Civil ha requerido documentación en la Diputación de Cádiz relacionada con contratos de patrocinio vinculados a empresas de Pascual Llopis por más de 1,3 millones de euros. Y aparecen, además, unos mensajes intervenidos en los que alguien dice aquello de: «Primero hay que usar siempre a Germán y al PP». Lo dice un investigado, no lo dice Beardo, y conviene decirlo porque los hechos son los hechos: Beardo no figura actualmente como investigado en esa causa ni consta que cediera a ninguna presión. Pero, vamos a ver: si tu nombre aparece en una conversación así, si estabas al frente del área de la que salieron esos fondos y si existen contratos millonarios que están siendo examinados judicialmente, ¿qué se supone que tiene que hacer un periodista? ¿Preguntar por el tiempo? Preguntar no es condenar, investigar no es perseguir y explicar lo que ocurre no es “matar civilmente” a nadie.

De hecho, hay quien entiende que, cuando una polémica amenaza con salpicar a una institución, apartarse puede ser una manera bastante digna de protegerla. Jorge Vázquez, director general de Andalucía Global, dimitió tras verse relacionado con esas conversaciones para evitar perjudicar a su Gobierno. Mira qué cosa tan revolucionaria: asumir responsabilidad. Qué concepto tan extraño en política. Porque luego tenemos el otro método: victimizarse. El periodista pregunta y tú eres víctima. El ciudadano protesta y tú eres víctima. La oposición critica y tú eres víctima. Alguien publica un contrato y, automáticamente, estás sufriendo una persecución histórica. Esto ya no es política. Esto es una sesión permanente de terapia.

Y hablando de ecosistemas políticos, llegamos a Isabel Díaz Ayuso, otra llorona del pasado finde que siente la persecución familiar. Sí, tiene cohone. El tema del hermano, de papá o mamá e incluso de las parejas y los ex... Un poné, cuando hablamos de su pareja, de sus relaciones económicas, de los millones facturados durante la pandemia o de las investigaciones que afectan a ese entorno, no estamos hablando de qué desayuna nadie. Estamos hablando de asuntos que han adquirido dimensión pública. Y si algo tiene dimensión pública, se pregunta. Luego ya responderás o no responderás, pero lo que no puedes pretender es que la democracia venga con botón de “silenciar periodista”.

Y mientras tanto, en El Puerto, hemos visto otra versión del asunto: perfiles vinculados a la Alcaldía arremetiendo contra un guía que había denunciado algo tan peligrosísimo como que había calles llenas de orines. Sí, orines. Una crítica sobre limpieza. Y si ante una denuncia vecinal sobre calles sucias la respuesta es señalar al que protesta, uno empieza a pensar que quizá tenemos un pequeño problema de prioridades. Menos señalar al que habla y más limpiar lo que huele mal. Y no señalar al chaval ni amenazarlo. Él también tiene familia, ni siquiera está en política y tampoco se hizo la víctima cuando se le amedrentó o amenazó de una forma tan ridícula. 

Porque esta es la cuestión de fondo: la política tiene exposición, tiene crítica, tiene prensa, tiene oposición y tiene ciudadanos que preguntan. Y tiene que rendir cuentas. El cargo es público cuando toca cobrar el sueldo, firmar, decidir, gestionar competencias y manejar presupuestos; no puede convertirse mágicamente en privado cuando alguien pregunta qué has hecho con todo eso. No funciona así. Y si la fiscalización democrática te parece un peaje insoportable, siempre queda una solución sencillísima: dejar el cargo. Sí, se puede. No te quitan la nacionalidad, no te expulsan del país y no te obligan a vivir debajo de un puente. Puedes dejar la política.

Aunque entiendo que a algunos les resulte complicado imaginar una vida después de las siglas. Hay carreras políticas tan perfectamente integradas en el partido que uno ya no sabe dónde acaba la persona y dónde empieza el cargo. Y ahí es cuando aparece el síndrome de abstinencia institucional: “¿Pero qué voy a hacer yo fuera?”. Pues mira, puedes probar a trabajar. Como experiencia nueva.

Pero tranquilos. Para eso estamos nosotros. Para organizar la acogida. Adopte a un pepero. Déle cariño, póngale una mantita, prepárele un caldo y, sobre todo, cuando se haya recuperado del susto, hágale una pregunta. Una sola. A ver si sobrevive. Porque la democracia consiste precisamente en eso: en poder preguntar, poder criticar y poder exigir explicaciones sin que cada pregunta sea presentada como una conspiración. La libertad no es propiedad de nadie. Tampoco del Partido Popular, ni del PSOE, ni de ningún partido. Todos llevamos dentro un pequeño autoritario; la diferencia es que algunos, cuando llegan al poder, descubren que el suyo tiene despacho, coche oficial y presupuesto. Ay, política, política. Adopten a un pepero, por favor. Que parecen estar muy faltos de cariño.

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