



Hace unos días, en una barbacoa, le preguntaba a un amigo que vive en Estados Unidos cómo era posible que los americanos votaran a Trump. Me contestó: «Porque se ven reflejados en él». Y algo de razón tiene. Trump se ha caído quinientas veces con sus empresas y ahí sigue. Levantándose. En un país donde, si te va mal, te buscas la vida. Si enfermas, pagas. Si no puedes pagar, te jodes. Y si no has conseguido ahorrar, a trabajar hasta que el cuerpo aguante. El sueño americano tiene esas cosas. Y si, además, tienes una enfermedad que no puedes permitirte pagar, pues puedes acabar enfermo, arruinado y empujando un carrito de supermercado, recogiendo latas para poder sobrevivir.
Lo patético es que aquí parece que estamos empeñados en importar el modelo. Pero con rojigualda.
Mucho patriotismo y patriota. Mucha España y mucho españolito. Mucho «todos a una», pero después, para los que viven debajo de la bandera, poca sanidad, ayudas sociales cada vez más cuestionadas, pensiones que preocupan y servicios públicos que se sostienen como pueden. Eso sí, para los toros sí hay dinero y para que los curas estén en los hospitales, también. Por supuesto, que no falte pasta para los referentes culturales como Soto, todo un poeta y gran punta de lanza en redes sociales.
La familia, por supuesto, es sagrada. Hasta que necesita ayuda. Entonces aparecen los sospechosos de siempre: el que cobra un subsidio, el del Ingreso Mínimo Vital, el que hace una chapuza para llegar a fin de mes. Cuatro casos se convierten en una legión de vagos que viven del Estado. Y mientras tanto, se anuncia que hay que quitar controles horarios y recortar subsidios.
Trabaja más. Controla menos. Cobra lo mismo. Un planazo.
Y todo esto en Andalucía. La Andalucía del patio de vecinos. La de compartir un plato de habichuelas cuando no había para todos. La de ayudarse porque mañana podías ser tú el que necesitara ayuda.
Quizá hemos cambiado el plato de habichuelas por la bandera. Y eso sí que es el progreso de Antonio Sanz y Moreno Bonilla.
Porque una patria no es una bandera. Una patria es la gente que vive debajo.
Y si esa gente no tiene sanidad, protección social, pensiones dignas o derechos laborales, podremos gritar «¡Viva España!» hasta quedarnos afónicos, pero acabaremos empujando el carrito de las latas. Eso sí, con la bandera bien alta.


























